
Allá abajo, el campamento, nótese la diferencia con la segunda foto

El Pisco, 5752 msnm, es llamado así porque la primera vez que se ascendió, los guías, a la
vuelta, se pusieon ciegos de pisco, una bebida típica de aquí. Es una montaña conocida por
ser una ascensión de aclimatación para escalar otras montañas de la cordillera blanca, como
el Alpamayo, considerada por algunos una de las montañas más bonitas del mundo, o el
Huascarán, que con sus 6768 msnm es la más alta de la cordillera blanca y la segunda, por
detrás del Aconcagua, de los andes. Está catalogada como PD, poco dificil, aunque es un
trayecto un poco largo.
En principio iba a subir con un norteamericano, pero se puso malo del estómago y subí yo
solo, con el guía y un porteador que se quedaba cuidando el campamento base. Se suele hacer
en tres días, pero yo quise hacerlo en dos para ahorrar algo de pasta y ganar un día (ya
quedan pocos), de todas formas el último día son un par de horas de bajada que terminamos
reduciendo a una, esta gente son unos putos gamos. El primer día subimos hasta el campamento
base, al lado del refugio Perú, que en esta época está cerrado. Montamos las tiendas y
descansamos, habíamos planeado comer a las cinco de la tarde, empezaríamos a ascender a las
doce de la noche. Sobre las cuatro menos algo empezó a nevar, y de que manera. A las seis
terminaban de preparar la comida, ellos dormian en una tienda y yo en otra. A las doce, hubo
una pequeña ventana de buen tiempo y decidimos salir a probar suerte, a los diez minutos
empezó a nevar de nuevo. Cayeron unos buenos veinte centímetros y nos retrasó un poco la
llegada al glaciar. En el glaciar todavía había más nieve sin transformar y en algunos
sitios nos hundíamos hasta la cadera, la cima empezaba a quedar lejos... Llegamos a una zona
de grietas y mientras estudiábamos la manera de pasar escuchamos un ruido tremendo bastante
cerca, al lado de la grieta se había abierto otra de un par de decenas de metros. Es lo
peligroso de la montaña en esta época, la nieve recién, todavía blanda, sin transformar,
tapa las grietas. Saltamos la grieta y continuamos. La niebla y la nieve que no dejaba de
caer desorientó por un momento al guía, esperamos unos minutos a que amaneciara, comentando la posibilidad de tener que abandonar por el estado de la nieve. Empezó a amanecer,
estábamos en el buen camino, pero para continuar había que pasar un puente de hielo, y
después las primeras subidas fuertes. Dada la inestabilidad de la nieve no quisimos
arriesgarnos a cruzar el puente, además ascender un grado de inclinación fuerte con este
tipo de nieve inglesa que llamamos en españa, aqui la llaman de otra forma, es muy lento y
cansado. Abandonamos a 5380 msnm. Bajando, ya de día, Roosvelt advitió una tremenda grieta
de unos cinco metros de ancho que decía no estar dos semanas atrás. Sobre las ocho de la
mañana llegábamos al campamento donde Jaime nos esperaba con una sopa caliente en un paisaje totalmente cambiado a cuando llegamos, todito lleno de nieve. Nos dimos cuenta, primero por las huellas y después porque los vimos, que otro grupo estaba acampado cerca del refugio,
ellos apenas subieron la morrena antes de abandonar, a nosotros nos queda el consuelo de
haberlo intentado hasta el final. A las doce en punto, tal y como habíamos quedado,
estábamos esperando en el camino al coche que nos tenía que recoger. Un poco antes de
llegar, pudimos oir y ver un alud que cubrió parte del camino que habíamos hecho de
madrugada. Es posible que el nuestro, haya sido el último intento de ascensión de la temporada. Ya no hay condiciones.
Es una pena no llegar a la cima, pero es una alegría regresar salvos. Todo montañero
conoce esa sensación de pena por no haber llegado mezclada con la alegría de la experiencia.
No es la primera ni la última ascensión inconclusa. Tengo que ensalzar la habilidad del
guía, que en el día de su veinticuatro cumpleaños supo moverse de noche y nevando por el
caos de bloques de la inmensa morrena y por un siempre peligroso glaciar llenito de grietas
y cornisas amenazantes. Con un par.