viernes, 28 de agosto de 2009

Un mundo de pequeños aconteceres




























Qué lástima, que teniendo tantas palabras,
que acumulando tantos versos,
queden olvidados en una libreta.

De qué sirve de palabras llenar ésta hoja
si nunca llegarán a tu boca,
ningún efecto le causan al papel
y cúanto pesar me causan a mí.

Ya te siento lejana pero cuán dentro,
que en palabras de Borges;
me dueles en todo el cuerpo.

Ya no puedo escribir más, o no debería,
que el calor de tí que no tuve en mi cama
me está quemando como una llama.

Eres el recuerdo más temprano
de un nuevo despertar de mi amor,
que ganando fuerza, va perdiendo verdor;
mi esperanza siempre fué vana.

Siento ahora un solapar de emociones
que conmueven un hondo manantial
de placeres olvidados.

Está lejana tu morada, mi voz
es un eco perdido que busca
tu mirada indefinidamente iluminada,
como un sol de medianoche.

Mi paciencia está extinguida,
mi serenidad acabada,
sólo queda en mí un humedal de sensaciones
por tus recuerdos embarradas.

Allá dónde estés llevarás mi llamada
a las puertas de tu desnudez inmadura,
caminarás sabiendo que fué un error
echarme tan pronto de la cama.

Tu fidelidad a lo conocido
fué un dar la espalda
a los misterios que te faltan por conocer.

Te acordarás de mí,
no sé por cuanto tiempo,
y quizá un día te des cuenta
que hay que ir a favor del viento,
que de nada sirve quedarse en la ventana,
que una media felicidad vale menos
que una eternidad de búsqueda solitaria.

Permíteme dedirte algo más;
vos te quedaste con la peor mano,
(lo sé porque dudaste en el descarte)
yo guardo dos ases en la manga.

¿Y qué hago ahora,
si no te tengo enfrente, ensimismada,
cómo hago brotar de tus labios una sonrisa,
de tus ojos, una mirada?

Adiós, aquí te dejo mi canto,
que no hay mal que no me deje entonarlo,
viviré cantando hasta que muera,
amaneceré trinando mientras pueda,
sobrevolar el mundo
cada mañana.



Para mi querida estúpida.