





Cinco días hemos esperado a que se abriera el paso a Chile, y es que había nieve, mucha nieve. En el portal del huesped de la señora Consuelo hemos estado; Matias, dos entrerrianas (madre e hija), una salteña y yo, también alguna porteña iba y venía. Básicamente lo único que hemos hecho ha sido caminar a la terminal de bus cada día y cocinar y beber cerveza y hablar y jugar al ajedrez, un par de veces hemos estado en algún parque de Mendoza. Y esperar, esperar... como en Casablanca.
Llegamos ayer a Santiago las entrerrianas, la salteña y yo. Nos separamos en la misma terminal y acabé en un hostel de H.I. que ha sido la peor elección que he hecho en todo el viaje. Ni siquiera abrí la mochila y ésta mañana salí echando ostias de allí, no sabía a donde ir y en mi cabeza sonaba el poema doce de Neruda. Valparaiso, está claro. Y aquí me hayo sin hayarme. He cuzado la ciudad, que es más grande de lo que imaginaba, buscando alojamiento. Al final, después de regatear un poco (ya no me corto un pelo) he encontrado un sitio. Cama de matrimonio, habitación individual, que ya tenía ganas, por 8000 pesos chilenos, que son unos 48 pesos argentinos, algo menos de 10€, más caro que Argentina. Me empiezo a volver loco con las monedas.
Chile y los chilenos son muy diferentes a Argentina y los argentinos, que no se moleste ningún chileno, pero ya estoy echando de menos Argentina. Mañana espero poder ver La sebastiana, la casa de uno de los personajes que más me influyeron cuando era adolescente, y por consiguiente toda mi vida. No puedo decidir si para bién o para mal.
